6 de julio de 2014

Franz Kafka

Recordando a Franz Kafka.
El pasado día 3, se celebraron 131 años de su nacimiento.

Sobre la muerte de la novela

El pasado 30 de junio, Miqui Otero escribe el artículo 33 veces en las que se ha anunciado la muerte de la novela en el último siglo. Dice:

A la novela se le ha intentado dar muerte con dagas doradas, ballestas de roble, saetas oxidadas, revólveres Colt 45, balas de plata y patas de cordero congeladas. O, lo que es lo mismo, con la llegada de la prensa de masas, del cine, de la televisión, del DVD, de internet, del libro electrónico y del teléfono móvil inteligente. Y aun así, la novela, por ser un macrogénero híbrido y eminentemente mutante, es como el muerto-vivo de la canción de Peret, que siempre reaparece dando palmas; parece resistirse y flota como un corcho que intentan ahogar una y otra vez (aunque habrá quien diga que los cadáveres también flotan).

Robert Clark Young escribió en su ensayo La muerte de la muerte de la novela que “como el Sueño Americano, la muerte de la novela debe ser anunciada por cada nueva generación”. Y así ha sido. Entonces, ¿por qué no plantear una cronología que repase más de 30 veces en los que algunos (la gran mayoría muy célebres) la dieron por aniquilada? He aquí las citas de tanta muerte anunciada.

1902. Julio Verne: “Las novelas serán suplantadas por los diarios… Los escritores de prensa han aprendido a colorear los acontecimientos cotidianos tan bien que su lectura entregará a la posteridad una imagen más veraz y vívida que la de la novela histórica o descriptiva”.

1925. José Ortega y Gasset, Ideas sobre la novela. "Casi todo está en ruinas… La pintura está en ruinas –sus vergüenzas son el cubismo–; las obras de Picasso parecen una casa demolida o una esquina del Rastro. La música está en ruinas –la obra de Stravinsky de estos últimos años ejemplifica el detritus musical (…) Un novelista, por ejemplo, que me dice que un personaje es melancólico me obliga a imaginar a una persona melancólica, pero debería mostrarme y descubrirme (con sus actos) que es melancólica sin decírmelo”.

1930. Walter Benjamin, en Crisis de la novela. “Uno puede hacer un viaje por el mar y surcarlo sin ninguna tierra a la vista, tan solo mar y cielo. El novelista hace esto. Él es el realmente el ser solitario. El pueblo descansa tras el trabajo diario; escucha, sueña y adquiere experiencias. El novelista se ha separado del pueblo”.

1950. Norman Mailer. “Cualquiera que siga escribiendo novelas en 1950 es tonto”.

1958. Ludwig Marcuse. “La unidad del mundo, la sociedad y el individuo se ha roto. El universo se ha convertido en un multiuniverso. La Nueva Novela debe ser no tridimensional, sino multidimensional”.

1965. Frank Kermode en New York Review of Books. “El destino de la novela, considerada como género, es estar muriéndose permanentemente: y la principal razón para ello es que los novelistas y lectores más inteligentes son conscientes del vacío, el vacío del absurdo, que crece entre el mundo tal y como parece ser y el mundo propuesto en las novelas”.

1980. Leslie A. Fielder. “Nuestros grandes novelistas, a pesar de ser especialistas en la indignidad y la violencia, en la soledad y el terror, tienden a evitar el retrato del encuentro apasionado de un hombre y una mujer, que el resto esperaríamos que estuviera en el centro de toda novela”.

2009. Philip Roth. “El libro no puede competir con la pantalla. Es algo que Kindle no va a cambiar. No pudo competir con la pantalla de cine. No pudo competir con la pantalla de televisión, y no puede competir con la pantalla del ordenador (…) La novela es un animal moribundo”.

2014. Will Self. “¿Cómo creen que me siento después de haber dedicado toda mi vida adulta a una forma de arte sólo para verla ahora desangrarse mortalmente ante mis ojos? (…) La novela literaria como obra de arte y el arte de narrar como pieza central de nuestra cultura se está muriendo delante de nuestros ojos”.

Solo transcribo una parte del texto, se puede leer completo en El País.

11 de junio de 2014

Reglas no escritas...

En el ensayo Status anxiety, un estudio muy esclarecedor sobre las reglas no escritas del trato social, Alain de Botton reproduce una caricatura de la revista Punch que ilustra la cruel paradoja del esnob autodestructivo:

–Allá van las Spicer Wilcox, mamá –exclama una hija a su madre caminando por Hyde Park. Supe que se mueren por conocernos. ¿No deberíamos de llamarlas?

–Por supuesto que no –replica la madre. Si se mueren por conocernos no son dignas de nuestra amistad. La única gente digna de nuestro interés es la que no quiere conocernos.

De: Cómo fracasar en sociedad.

9 de mayo de 2014

El valor de preguntar, Juan Villoro

El valor de preguntar
Juan Villoro

Comparadas con las Leyes de Reforma, las iniciativas de Peña Nieto no sólo desmerecen en grandeza de miras, sino que revelan uno de nuestros mayores rezagos: la incapacidad de usar el lenguaje.

Vivimos en un mundo al revés donde un corrector de estilo recibe un sueldo anual inferior al aguinaldo de un diputado. En tiempos de Juárez, quienes defendían las leyes en el Congreso eran escritores de la talla de Guillermo Prieto e Ignacio Manuel Altamirano. Hoy las leyes se escriben para no ser entendidas. ¿Qué puede decir no sólo el ciudadano común sino una persona culta ante conceptos como "must carry", "must offer" y "preponderantes", que enrarecen el debate sobre telecomunicaciones?

La significativa reforma constitucional de los medios se redujo en forma lamentable en la Presidencia. La iniciativa que Peña Nieto devolvió a los senadores elimina el carácter social, cultural y comunitario de la reforma, favorece a los grandes consorcios televisivos, perjudica a la producción independiente, restringe la participación ciudadana y traslada facultades decisivas de un órgano autónomo (el Ifetel) a la Secretaría de Gobernación. Esto atenta contra el derecho a la información. La gran paradoja es que se habla de comunicación en lenguaje cifrado. Así se oculta el daño a una nación de televidentes.

Hace unos días Alfonso Cuarón utilizó su prestigio y sus recursos mediáticos para hacer un cuestionamiento muy razonable sobre la reforma energética. Sus preguntas están en la mente de muchos ciudadanos. Esto se debe a que las reformas son voluntariamente incomprensibles y a que la publicidad oficial al respecto contribuye a la desinformación. En spots que ofenden a la inteligencia y desconocen la igualdad de género, un hombre alecciona a una mujer, anunciándole que con la reforma energética bajará el costo de la luz. Al final una voz pide a la ciudadanía que se informe. En vez de ofrecer datos, la propaganda sugiere que si alguien se opone a la reforma lo hace por ignorancia.

Gracias a las preguntas de Cuarón nos enteramos de que tal vez la luz baje en 2018. En lo que eso llega, ya volvió a subir. Ya sabemos lo que significa la palabra "infórmate".

La incapacidad de aclarar y debatir confirma que nuestra política sigue mereciendo el nombre de "la tenebra", donde la principal zona de negociación es "lo oscurito". Tratar de saber qué pasa puede ser visto como un pecado ciudadano. A propósito del cuestionario de Cuarón, Arturo Escobar, coordinador de diputados del PVEM, dijo: "Si viviera en México, se daría cuenta que todas sus preguntas se respondieron en el debate que se dio en el Congreso". Escobar descalifica a un mexicano por no vivir en su país, alarde patriotero que recuerda tristemente al nacionalsocialismo. Se puede vivir en China y saber lo que pasa aquí. Por lo demás, quienes vivimos en el país difícilmente entendemos lo que dicen los diputados (para colmo, la reforma energética se aprobó en fast track el día de la Virgen de Guadalupe).

Hay otras preguntas, no planteadas por Cuarón. La política energética dependerá de una Comisión de Hidrocarburos y del Consejo de Administración de Pemex. ¿Cómo se escogerá a esas personas? Lozoya dijo en entrevistas que serán expertos de reconocida independencia. Eso suena muy bien, pero es una valoración subjetiva. Para ser profesor titular C en la UNAM hay que tener doctorado, obra publicada, experiencia docente, participación en congresos; en suma: cumplir con requisitos objetivos. ¿Quiénes serán los superhéroes capaces de resistir las tentaciones multimillonarias de las compañías petroleras, con sabiduría técnica para decidir la explotación e inquebrantable integridad?

El margen de ganancia de las transnacionales dependerá de la dificultad de la explotación en aguas profundas y de la inversión y el tiempo necesarios para hacerla. No hay claridad sobre el grado de participación de Pemex (en este caso sinónimo del país).

La primera víctima de las reformas ha sido el lenguaje. Estamos como en el espacio exterior: nadie oye nuestro grito. La trama de Gravity puede ser vista como una metáfora de la realidad nacional: vamos en una nave a la deriva, donde urge una respuesta orientadora.

En medio del sinsentido, una vieja costumbre cultural adquiere el valor de la rebeldía: hacer preguntas.

(Diario Reforma).

5 de mayo de 2014

Sobre el relato


“Un relato no se interpreta: se vuelve a narrar. Podríamos entender también la tradición cultural como un sistema de narraciones que se replican, que se anulan, que se critican, que se vuelven a replegar. Los relatos no cierran el sentido sino que dan a pensar”, Ricardo Piglia.

20 de abril de 2014

Gabriel García Márquez en México

¿Por qué García Márquez tuvo que asilarse en México?

Las 2 Orillas
Abril 19, 2014

En la última semana de marzo de 1981, Gabriel García Márquez, con Mercedes Barcha, su esposa, viajó a México, ante la inminencia de una detención por parte del Ejercito Colombiano, que sospechaba que tenia vínculos con el M-19, en el gobierno de Julio Cesar Turbay, fueron varios los intelectuales, que fueron detenidos y atropellados, entre ellos Luis Vidales, la Pianista Teresita Gómez y la escultora Feliza Bursztyn, el siguiente es un texto de García Márquez publicado en El País, a la semana del incidente.

Punto final a un incidente ingrato

Nunca, desde que tengo memoria, he dado las gracias por un elogio escrito ni me he contrariado por una injuria de Prensa. Es justo cuando uno se expone a la contemplación pública a través de sus libros y sus actos, como yo lo he hecho, los lectores deben disfrutar del privilegio de decir lo que piensan, aunque sean pensamientos infames. Por eso renuncié hace mucho tiempo al derecho de réplica y rectificación -que debía considerarse como uno de los derechos humanos- y, desde entonces, en ningún caso y ni una sola vez en ninguna parte del inundo he respondido a ninguno de los tantos agravios que se me han hecho, y de un modo especial en Colombia. Me veo obligado a permitirme ahora una sola excepción, para comentar los dos argumentos únicos con que el Gobierno ha querido explicar mi intempestiva salida de Colombia la semana pasada. Distintos funcionarios, en todos los tonos y en todas las formas, han coincidido en dos cargos concretos. El primero es que me fui de Colombia para darle una mayor resonancia publicitaria a mi próximo libro. El segundo es que lo hice en apoyo de una campaña internacional para desprestigiar al país. Ambas acusaciones son tan frívolas, además de contradictorias, que uno se pregunta escandalizado si de veras habrá alguien con dos dedos de frente en el timón de nuestros destinos.

La única desdicha grande que he conocido en mi vida es el asedio de la publicidad. Esto, al contrario de lo que creo merecer, me ha condenado a vivir como un fugitivo No asisto nunca a actos públicos ni a reuniones multitudinarias, no he dictado nunca una conferencia, no he participado ni pienso participar jamás en el lanzamiento de un libro, les tengo tanto miedo a los micrófonos y a las cámaras de televisión como a los aviones, y a los periodistas les consta que cuando concedo una entrevista es porque respeto tanto su oficio que no tengo corazón para decirles que no.

Esta determinación de no convertirme en un espectáculo público me ha permitido conquistar la única gloria que no tiene precio: la preservación de mi vida privada. A toda hora, en cualquier parte del mundo, mientras la fantasía pública me atribuye compromisos fabulosos, estoy siempre en el único ambiente en que me siento ser yo mismo: con un grupo de amigos. Mi mérito mayor no es haber escrito mis libros, sino haber defendido mi tiempo para ayudar a Mercedes a criar bien a nuestros hijos. Mi mayor satisfacción no es haber ganado tantos y tan maravillosos amigos nuevos, sino haber conservado, contra los vientos más bravos, el afecto de los más antiguos. Nunca he faltado a un compromiso, ni he revelado un secreto que me fuera confiado para guardar, ni me he ganado un centavo que no sea con la máquina de escribir. Tengo convicciones políticas claras y firmes, sustentadas, por encima de todo, en mi propio sentido de la realidad, y siempre las he dicho en público para que pueda oírlas el que las quiera oír. He pasado por casi todo en el mundo. Desde ser arrestado y escupido por la policía francesa, que me confundió con un rebelde argelino, hasta quedarme encerrado con el papa Juan Pablo II en su biblioteca privada, porque él mismo no lograba girar la llave en la cerradura. Desde haber comido las sobras de un cajón de basuras en París, hasta dormir en la cama romana donde murió el rey don Alfonso XIII. Pero nunca, ni en las verdes ni en las maduras, me he permitido la soberbia de olvidar que no soy nadie más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca. De esa lealtad a mi origen se deriva todo lo demás: mi condición humana, mi suerte literaria y mi honradez política.

He dicho alguna vez que todo honor se paga, que toda subvención compromete y que toda invitación se queda debiendo. Por eso he sido siempre tan cuidadoso en mi vida social. Nunca he aceptado más almuerzos que los de mis amigos probados. Hace muchos años, cuando era crítico de cine y estaba sometido a la presión de los exhibidores, conservaba siempre el pase de favor para demostrar que no había sido usado, y pagaba la entrada. No acepto invitaciones de viajes con gastos pagados.

El boleto de nuestro vuelo a México de la semana pasada -a pesar de la gentil resistencia de la embajadora de aquel país en Colombia- lo compramos con nuestro dinero. Pocos días antes, sin consultarlo conmigo, un amigo servicial le había pedido al alcalde de Bogotá que hiciera cambiar el horario del racionamiento eléctrico en mi casa, pues coincidía con mi tiempo de trabajo, y tengo un estudio sin luz natural y una máquina de escribir eléctrica. El alcalde le contestó, con toda la razón, que Balzac era mejor escritor que yo y, sin embargo, escribía con velas. Al amigo que me lo contó indignado le repliqué que el señor alcalde cumplió con su deber, y que contestó lo que debía contestar.

La gente que me conoce sabe que esta es mi personalidad real, más allá de la leyenda y la perfidia, y que si quedé mal hecho de fábrica ya es demasiado tarde para volverme a hacer nuevo. De modo que no ilustres oligarcas de pacotilla: nadie se construye una vida así, con las puras uñas, y con tanto rigor minuto a minuto, para salir de pronto con el chorro de babas de asilarse y exiliarse sólo para vender un millón de libros, que además ya estaban vendidos.

El segundo cargo, de que me fui de Colombia con el único propósito de desprestigiar al país, es todavía ni menos consistente. Pero tiene el mérito de ser una creación personal del presidente de la República, aturdido por la imagen cada vez más deplorable de su Gobierno en el exterior. Lo malo es que me lo haya atribuido a mí, pues tengo la buena suerte de disponer de dos argumentos para sacarlo de su error.

El primero es muy simple, pero quiero suplicar que lo lean con la mayor atención, porque puede resultar sorprendente. Es este: en ninguna de mis ya incontables entrevistas a través del mundo entero -hasta ahora- no había hecho nunca ninguna declaración sobre la situación interna de Colombia. Ni había escrito una palabra que pudiera ser utilizada contra ella. Era una norma moral que me había impuesto desde que tuve conciencia del poder indeseable que tenía entre manos, y logré mantenerla, contra viento y marea, durante casi 30 años de vida errante. Cada vez que quise hacer un comentario sobre la situación interna de Colombia lo vine a hacer dentro de ella o a través de nuestra prensa. El que tenga una evidencia contra esta afirmación le suplico que la haga conocer de inmediato, de un modo serio e inequívoco y con pruebas terminantes. Pues también suplico a mis lectores que si esas pruebas no aparecen, o no son convincentes, lo consideren y proclamen desde ahora y para siempre como un reconocimiento público de mi razón.

El segundo argumento es todavía más simple, y no ha dependido tanto de mí como de la fatalidad. Es este: tengo el inmenso honor de haberle dado más prestigio a mi país en el mundo entero que ningún otro colombiano en toda su historia, aún los más ilustres, y sin excluir, uno por uno, a todos los presidentes sucesivos de la República. De modo que cualquier daño que le pueda hacer mi forzosa decisión lo habría derrotado yo mismo de antemano, y también a mucha honra.

En realidad, el Gobierno se ha atrincherado en esas dos acusaciones pueriles, porque en el fondo sabe que mi sentido de la responsabilidad me impedirá revelar los nombres de quienes me previnieron a tiempo. Sé que la trampa estaba puesta y que mi condición de escritor no me iba a servir de nada, porque se trataba precisamente de demostrar que para las fuerzas de represión de Colombia no hay valores intocables. O como dijo el general Camacho cuando apresaron a Luis Vidales: «Aquí no hay poeta que valga». Mauro Huertas Rengifo, presidente de la Asamblea del Tolima, declaró a los periodistas y se publicó en el mundo entero que el Ejército me buscaba desde hacía diez días para interrogarme sobre supuestos vínculos con el M-19. El único comentario que conozco sobre esa declaración lo hizo un alto funcionario en privado: «Es un loquito». En cambio, el primer guerrillero que se declaró entrenado en Cuba provocó, de inmediato, la ruptura de relaciones con ese país. Pero hay algo no menos inquietante: a la medianoche del miércoles pasado, cuando mi esposa y yo teníamos más de seis horas de estar en la Embajada de México en Bogotá, el Gobierno colombiano fue informado de nuestra decisión, y de un modo oficial, a través del secretario general de la cancillería colombiana, el coronel Julio Londoño. A la mañana siguiente, cuando la noticia se divulgó contra nuestra voluntad, los periodistas de radio entrevistaron por teléfono al canciller Lemos Simonds y éste no sabía nada. Es decir: casi ocho horas después aún no había sido informado por su subalterno. El ministro de Gobierno, aún más despalomado, llegó hasta el extremo de desmentir la noticia. La verdad es que las voces de que me iban a arrestar eran de dominio público en Bogotá desde hacía varios días y -al contrario de los esposos cornudos- no fui el último en conocerlas. Alguien me dijo: «No hay mejor servicio de inteligencia que la amistad». Pero lo que me convenció por fin de que no era un simple rumor de altiplano fue que el martes 24 de marzo, en la noche, después de una cena en el palacio presidencial, un alto oficial del Ejército la comentó con más detalles. Entre otras cosas dijo: «El general Forero Delgadillo tendrá el gusto de ver a García Márquez en su oficina, pues tiene algunas preguntas que hacerle en relación con el M-19». En otra reunión diferente, esa misma noche, se comentó como una evidencia comprometedora un viaje que Mercedes y yo hicimos de Bogotá a La Habana, con escala en Panamá, del 28 de enero al 11 de febrero. El viaje fue cierto y publicar, como los tres o cuatro que hacemos todos los años a Cuba, y el motivo fue una reunión de escritores en la Casa de las Américas, a la cual asistieron también otros colombianos. Aunque sólo hubiera sido por la suposición escandalosa de que ese viaje tuvo alguna relación con el posterior desembarco de guerrilleros, habría tomado precauciones para no dejarme manosear por los militares. Pero hay más, y estoy seguro de que el tiempo lo irá sacando a flote.

La forma en que la Prensa oficial ha tratado el incidente está ya sacando algunas, y más de lo que parece.

Ha habido de todo para escoger. Jaime Soto -a quien siempre tuve como un buen periodista y un viejo amigo a quien no veo hace muchos años- explicó mi viaje en la forma más boba: «El que la debe la teme». Sin embargo, el comentario más revelador se publicó en la página editorial de El Tiempo, el domingo pasado firmado con el seudónimo de Ayatola. No sé a ciencia cierta quién es, pero el estilo y la concepción de su nota lo delatan como un retrasado mental que carece por completo del sentido de las palabras, que deshonra el oficio más noble del mundo con su lógica de oligofrénico, que revela una absoluta falta de compasión por el pellejo ajeno y razona como alguien que no tiene ni la menor idea de cuán arduo y comprometedor es el trabajo de hacerse hombre.

A pesar de su propósito criminal, es una nota importante, pues en ella aparece por primera vez, en una tribuna respetable de la Prensa oficial, la pretensión de establecer una relación precisa, incluso cronológica, entre mi reciente viaje a La Habana y el desembarco guerrillero en el sur de Colombia. Es el mismo cargo que los militares pretendían hacerme, el mismo que me dio la mayoría de mis informantes, y del cual yo no había hablado hasta entonces en mis numerosas declaraciones de estos días. Es una acusación formal. La que el propio Gobierno trató de ocultar, y que echa por tierra, de una vez por todas, la patraña de la publicidad de mis libros y la campaña de desprestigio internacional. Ahora se sabe por qué me buscaban, por qué tuve que irme y por qué tendré que seguir viviendo fuera de Colombia, quién sabe hasta cuándo, contra mi voluntad.

No puedo terminar sin hacer una precisión de honestidad. Desde hace muchos años, el tiempo ha hecho constantes esfuerzos por dividir mi personalidad: de un lado, el escritor que ellos no vacilan en calificar de genial, y del otro lado, el comunista feroz que está dispuesto a destruir a su patria. Cometen un error de principio: soy un hombre indivisible, y mi posición política obedece a la misma ideología con que escribo mis libros. Sin embargo, el tiempo me ha consagrado con todos los elogios como escritor, inclusive exagerados, y al mismo tiempo me ha hecho víctima de todas las diatribas, aun las más infames, como animal político.

En ambos extremos, el tiempo ha hecho su oficio sin que yo haya intentado nunca ninguna réplica de ninguna clase, ni para dar las gracias ni para protestar. Desde hace más de treinta años, cuando todos éramos jóvenes y creíamos -como yo lo sigo creyendo- que nada hay más hermoso que vivir, he mantenido una amistad fiel y afectuosa con Hernando y Enrique Santos Castillo -a quienes quiero bien a pesar de nuestra distancia, porque he aprendido entenderlos bien- y con Roberto García Peña, a quien tengo por uno de los hombres más decentes de nuestro tiempo. Quiero suplicarles que digan a sus lectores si alguna vez les he hecho un reclamo por las injurias de su periódico, si alguna vez he rectificado en público o en privado cualquiera de sus excesos, o si éstos han alterado de algún modo mi sentido de la amistad. No; he tenido la buena salud mental de tratarlos como si ellos no tuvieran nada que ver con un periódico que siempre he visto como un engendro sin control que se envenena con sus propios hígados. Sin embargo, esta vez el engendro ha ido más allá de todo límite permisible y ha entrado en el ámbito sombrío de la delincuencia. Me pregunto, al cabo de tantos años, si yo también no me equivoqué al tratar de dividir la personalidad de sus domadores.

De modo que todo este ingrato incidente queda planteado, en definitiva, como una confrontación de credibilidades. De un lado está un Gobierno arrogante, resquebrajado y sin rumbo, respaldado por un periódico demente cuyo raro destino, desde hace muchos años, es jugárselas todas por presidentes que detesta. Del otro lado estoy yo, con mis amigos incontables, preparándome para iniciar una vejez inmerecida, pero meritoria. La opinión pública, no tiene más que una alternativa: ¿A quién creer? Yo, con mi paciencia sin término, no tengo ninguna prisa por su decisión. Espero.

Gabriel García Márquez, 8 de abril 1981.